Live from Neverland. Paul Pfeiffer
La noticia necrológica del día es la muerte de Michael Jackson. El rey del pop, la estrella musical murió hoy de un infarto al corazón. Tenía 50 años.
Seguro que debido a su popularidad y a su inesperada muerte pasará a ocupar un puesto en el Olimpo de los iconos históricos.
La trascendencia de su figura ha hecho que la misma rebasará el ámbito estrictamente musical. - Seguro que hay algún curso de doctorado americano que aborda su semblante -. Y como no podía ser de otra manera también en el ámbito de creación artística ha habido artistas que han reparado en él. Como por ejemplo, el americano Paul Pfeiffer.
El año pasado se pudo ver en el MUSAC de León una instalación de Paul Pfeiffer que abordaba su figura. La pieza se llamaba Live from Neverland.
En 2003, veintisiete millones de televidentes sintonizaron la televisión para ver “Viviendo con Michael Jackson”, un documental en el que el cantante admitió haber compartido su cama con muchos niños. La emisión suscitó una investigación y la detención de Jackson acusado de cargos de abusos sexuales a menores. Lo que supuso que fuera uno de los episodios de la historia americana con mayor cobertura mediática. Más de 2.000 medios de comunicación de cientos de diferentes países lo trataron.
Live in Neverland es una instalación de vídeo con dos proyecciones. En un monitor se muestra la declaración en la que Michael Jackson se refería a las denuncias de abuso y una segunda proyección recoge un coro de 80 voces de niños filipinos vestidos de blanco recitando el monólogo de Jackson a la manera de un coro griego. Los dos vídeos se muestran simultáneamente con una sutil re-sincronización de los gestos faciales de Jackson para que coincida con el discurso del coro, con sus pausas y los matices de la inflexión verbal.
En su discurso, Jackson se muestra a sí mismo como una víctima recitando una letanía de humillaciones infligidas por la policía. Ver simultáneamente a Jackson y al coro crea una inquietante disonancia. De un lado, la estrella se disculpa mostrándose como un ser débil e indefenso pudiendo pasar por ser la victima del caso. De otro, los chicos hace las veces de alterego del cantante y al repetir sus palabras podemos fabular que ellos son los rostros de las verdaderas víctimas del caso. Pero también podríamos pensar que es Jackson quien repite las palabras del coro. En este caso, la estrella sería el portavoz de la ciudadanía. El resultado es que la frontera entre víctima y verdugo se diluye.

Paul Pfeiffer. Live from Neverland. 2007
Conocida la trayectoria de Pfeiffer, la figura de Michael Jackson es secundaria; le interesa en tanto en cuanto es una estrella mediática como lo son los jugadores de baloncesto o los artistas de Hollywood que aparecen en otros de sus trabajos. A Pfeiffer lo que le interesa es el proceso de transferencia de roles. Es decir, la capacidad que tienen los medios para elevar a una persona a lo más alto o para destruirla en una espiral fuera de control. Tan pronto el delincuente pasa de ser Robin Hood a ser un villano o viceversa. Un día, una meretriz se acuesta como una anónima y honesta puta que al día siguiente se ha convertido figura televisiva porque un presidente de gobierno se la trajina… Casos hay a doquier.
Todos ellos son victimas casuales de la Rueda de la Fortuna. Quizás, la Rueda de la Fortuna, un lugar común en la iconografía y la literatura del Medievo sea una buena metáfora de este mecanismo perverso. Pero a diferencia del mito medieval, la fortuna contemporánea no es una fuerza casual de raíz divina. Hoy la fortuna o su antónimo la desgracia se manifiesta gracias a fuerzas causales que tienen su origen en intereses y agentes perfectamente identificables. Aunque las leyes para su control escapen a todos.
Ha muerto Michael Jackson, otro juguete roto de la Fortuna…
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