El sexo en el Vaticano

Veinte siglos de moral cristiana pesan mucho. Es cierto que su legado ha dejado cosas buenas; no nos matamos entre nosotros a las primeras de cambio, sabemos que robar está mal y procuramos apiadarnos de los que pasan dificultades. Pero todo sistema que tiene a ser global y único tiene facetas poco pulidas. Tal es el caso del adoctrinamiento sobre las cuestiones del sexo. Occidente ha vivido diversas etapas a la hora de comprender esta faceta humana y engarzarla dentro del sistema social de convivencia.  Aunque es verdad, que sobretodo han prevalecido las morales represivas tendentes a recordarnos que detrás del sexo subyace un componente pecaminoso e impuro.

Puestos a buscar raíces antropológicas en esta doctrina habría que reconocer que en sociedades con economías precarias es muy comprometido que la tasa de natalidad se dispare fuera del matrimonio. Al no existir anticonceptivos y de permitirse el amancebamiento o el adulterio cabría la posibilidad de que nacieran hijos por doquier. Los cuales engrosarían las filas de los parias, delincuentes y desarrapados dispuestos a cortar el gaznate de cualquier poderoso. Es así como detrás de esta doctrina lo que subyace no es un trasfondo teológico o moral sino una norma de control político para mantener la paz social.

En el caso concreto de nuestro país,  existe una generación perdida, la de nuestros padres que se educaron bajo el nacionalcatolicismo  y que durante toda su vida han pagado la ambivalencia de sobrevivir entre las tendencias represivas y la realidad de un mundo mucho más ancho que lo que la doctrina marcaba. (1)

Por suerte, el cambio político de la transición hizo que se empezara a tratar a los ciudadanos como adultos con capacidad para discernir lo que estaba bien y lo que estaba mal. Se acabó el paternalismo y se les dio libertad para elegir. Ahora bien, no olvidemos el contexto histórico de  aquellos años (2) ya que se libraba una batalla en el mundo occidental de gran calado. Eran los años de la liberación sexual.  Esta revolución fue posible gracias a tres elementos. Por un lado, la evolución del pensamiento psicológico. Por otro lado, el desarrollo de los sistemas anticonceptivos y por último, el papel activo de las mujeres que dejaron de ser elementos pasivos y reclamaron su condición de seres libres, tan listas o tan tontas como cualquier hombre.

Así pues, cambiaron los roles de unos y otros. Asumimos que la finalidad última del sexo no sólo era la procreación. Que era un acto tan natural como el comer, dormir o respirar. Que el goce no era pecaminoso y que es una faceta humana tan importante que no hay doctrina que deba castrarla.

Entonces, si el cambio es a todas luces positivo ¿por qué el Papa Ratzinger sigue empeñado en demonizar el condón? ¿Nadie le ha explicado que sus opiniones “técnicas” sobre su eficacia contradicen a toda la comunidad sanitaria y científica mundial? ¿Por qué se mete en estos jardines? Me temo que en este tema como en otros muchos asuntos, los jerarcas de la Iglesia no se han dado cuenta que el mundo ha cambiado. Ya no vivimos en los tiempos que nos movíamos en diligencia y las infecciones se trataban con sulfamidas. Aferrándose a estas cuestiones defienden los últimos espacios de influencia moral que les quedan. En su día ya perdieron el poder económico y político; hoy sus últimos bastiones se debilitan. Lo triste es que esta defensa numantina roza lo grotesco.

Dicen los sociólogos y los técnicos de mercado que todo producto u organización: crece, se reproduce y muere. Déjennos reproducirnos como queramos y los que tengan que morir lo hagan en paz. Eso sí que es ley natural.

papa-condon(1)     En particular, han sido los homosexuales quienes sufrieron con más desgarro esta situación ya que su condición era de todo plano intolerable. Afortunadamente, los tiempos cambian. No hace mucho se ha indemnizado a Antoni Ruiz quien fue encarcelado a mediado de los setenta por su condición sexual. Fue denunciado cuando tenía 17 años por una monja. - Sí, han leído bien, por una monja. ¡Menuda pieza!-  Aunque la indemnización es de risa, 4.000 € por 94 días de cárcel durante los cuales fue sometido a todo tipo de vejaciones y violencia. Él reconoce que la experiencia fue tan traumática que quedó marcado para siempre.

(2)     A esa batalla nosotros nos sumamos con algo de retraso. Antes había que cambiar el sistema político. No me imagino a mitad de los sesenta a las Chicas de la Cruz Roja quemando sus sostenes en la Ciudad Universitaria.

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