La noche de los libros
La idea de vincular la noche con una práctica cultural es una moda importada de París ya que fue en esta ciudad donde se celebró la primera noche en blanco en el año 2002. En Madrid la idea caló y desde el año 2006 se viene celebrando regularmente su propia versión bajo el amparo del ayuntamiento de la ciudad. Tanto gustó que el gobierno del PP de la Comunidad de Madrid también estrenó su propia versión temática. Tal es el caso de la Noche de los Teatros que se celebró en marzo y la Noche de los Libros que se celebra hoy. Ambos productos perfectamente cocinados por La Fábrica.
Es indudable que este formato de consumo cultural está dotado de cualidades muy al gusto de los tiempos que corren. En primer lugar, es una convocatoria mediática ya que acapara con facilidad los titulares en los medios. En segundo lugar, es una convocatoria de masas o de muchedumbres. La concentración de actividades en un tiempo y en un área geográfica limitada persigue captar el mayor número de participantes posibles. De hecho, uno de los indicadores del éxito es el número de participantes capaz de convocar. En tercer lugar, tiene un tono eminentemente festivo y ligero. Y por último, es una fórmula concentrada que persigue el mayor impacto con el mínimo esfuerzo. Se ejecuta rápidamente, sus competencias están perfectamente delimitadas y puede ser desarrollada por un equipo reducido en poco tiempo.
El fulgor del éxito esconde una lectura crítica que pone en solfa este formato acusándolo de desnaturalizar la práctica cultural convirtiéndola en mero fastfood. Da igual que la mayor parte de los espacios que abren hasta altas horas de la madrugada también estén abiertos el resto del año en horario diurno. – El año pasado la gente hacía colas interminables para ver salas del Museo del Prado que al día siguiente estaban semivacías-. Por otro lado, está por ver su capacidad para captar nuevos públicos. Objetivo totalmente loable pero cuya consecución no parece que se consiga mediante estrategias de este tipo teniendo presente que la captación de nuevos espectadores y públicos es una tarea sorda y construida a base de pequeñas acciones de motivación.
La clave es salir a la calle, sentirse rodeado de gente -quizás estrujados- , y realizar una actividad que no se realiza el resto del año. Es este el gran secreto y acierto del fenómeno; explotar la faceta social del consumo cultural y su variable de hecho excepcional y distinguido. Ir a un museo, al cine o a un concierto puede hacerse solo o en compañía pero como decía la canción, juntos ayuda a decir “a los problemas adiós”. Esta vertiente, siempre presente, ha sido denostada por teóricos, creadores y entendidos, incapaces de valorar en conjunto un fenómeno con múltiples facetas. A los grandes conciertos de las estrellas del pop y del rock no se acude a escuchar el concierto; se va a “ver” al grupo y a compartir con otras personas una afición común. Y hasta donde yo sé, nadie discute este formato que tiene más de acontecimiento social que de práctica cultural.
La cuestión final es saber hasta qué punto nuestros gobernantes quedaran cegados por este tipo de fórmulas y no se lancen a una carrera por celebrar una “noche de” cada día. A este paso, quizás en poco tiempo veremos la noche de la papiroflexia, la noche del karate o la noche de la topografía. Y digo yo, ¿Y por qué no?
Paloma San Basilio. Juntos. Una canción inofensiva en su día que hoy sería calificada de políticamente incorrecta ya que habla de fumar, andar a saltos entre el tráfico y saltarse en rojo los semáforos.
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