La musealización del cine

J. R. Eyerman. Espectadores durante el estreno de Bwana Devil en el Paramount Theater. 1952
En las últimas semanas diversos acontecimientos (1) ponen de relieve un fenómeno del que se viene hablando ya hace un tiempo; la relación entre cine y el centro de arte. Y no me refiero a que se hagan exposiciones sobre el cine, exhibiendo carteles, atrezo, etc. sino a la entrada en la sala de exposiciones de piezas que por su corpus teórico, técnico, tradición y metraje pertenecen al ámbito de lo que comúnmente se conoce como cine.
No es que hasta ahora ambas esferas fueran refractarias entre sí. Todo lo contrario, son numerosos los ejemplos de transferencia entre una y otra. Por ejemplo, el cine de abstracción geométrica; Dada y sus secuelas; el experimentalismo de los 60, etc. La cuestión es valorar si este maridaje es provisional o marca una tendencia.
Se afirma que el interés mutuo surge en el momento en que ambas esferas están en crisis y buscan nuevos espacios de desarrollo. Así, desde el ámbito del cine se afirma que el interés del centro de arte surge en el momento en el que éste busca nuevos espectadores y ve a los espectadores cinéfilos como nuevo nicho de mercado. De la misma manera, desde el mundo de la institución arte se recuerda que la primacía del cine como primera industria cultural ha sido desbancada por las industrias emergentes del ocio digital y son los cineastas los que buscan nuevos espacios para la exhibición de sus productos.
Ahora bien, es necesario aclarar que ni todos los centros de exposiciones están dispuestos a exhibir películas en sus salas, ni todos los cineastas “se dejan querer”. Realmente por el momento, la tangencia entre ambos mundos se circunscribe a un limitado conjunto de obras audiovisuales que por norma general son películas de no ficción. Bien en su variante, documental o paradocumental, bien, en la variante del cine expandido.
Sea lo que sea, es cierto que ya no nos extraña que en una exposición se presente algún largometraje con duraciones en torno a la hora. Por ejemplo, actualmente en la exposición El Pasado en el Presente y lo Propio en lo Ajeno del Centro de Arte de la Laboral se pueden ver dos películas de duración superior a los 50 minutos. Desde un punto de vista expográfico, posiblemente es la problemática de la duración de la película la que ha marcado la viabilidad de su presencia en la sala de exposiciones hasta la fecha. De un lado, el desarrollo de la nueva tecnología de proyección ha facilitado que las películas puedan ser exhibidas en soporte digital y no haya que utilizar los proyectores de 35 ó 16 mm., tan costosos y tan difíciles de mantener. Por otro lado, se observa cierta flexibilidad a la hora de abordar el umbral de tiempo máximo de atención que un espectador tolera. Si bien, se adapta la sala para hacer más soportable el largo tiempo de exhibición.
Ahora bien, la clave para detectar si nos encontramos ante una tendencia de futuro estaría en comprobar si se empiezan a desarrollar obras exclusivamente para el mercado de los centros de arte ya que por norma general, los trabajos realizados hasta ahora fueron concebidos inicialmente para el mercado de la televisión y los circuitos cinematográficos.
Personalmente creo que existen indicadores de que puede ser así. Por un lado, la tecnología de grabación y postproducción se populariza abaratándose costes. Por otra parte, la búsqueda de nuevos públicos y espacios parece que recibe los parabienes de la mayoría. Y por último, la tendencia a la hibridación y transversalidad de las propuestas creativas es marca de los nuevos tiempos.
(1) Pongo dos ejemplos que se han dado en el plazo de tres semanas. El seminario en el CENDEAC sobre cine y museo y la inauguración de la exposición en la Antigua Fábrica de Tabacos de Madrid: Después del Fin / Faux Raccords dentro del festival Les Rencontres Internationales París / Berlín / Madrid.
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