El sonido ocupa espacio
Es un hecho consumado que la obra audiovisual está cada día más presente en el mundo de las exposiciones. Aunque para muchos sigue siendo un recurso bastardo, sobre todo en los cenáculos academicistas donde se sigue tratando con cierto desdén, su proliferación es ejemplo de su eficacia comunicativa y el alto grado de pregnancia e interés que puede desarrollar en el espectador.
Ya sea por su propia naturaleza, las particularidades de su sintaxis, la necesidad de cierto grado de familiaridad con sus fundamentos técnicos o por la relativa juventud del medio es frecuente encontrarnos con deficientes implementaciones de las obras audiovisuales o multimedia en los diseños expográficos. Y es que la obra audiovisual tiene determinadas reglas internas que de no respetarse pueden comprometer la legibilidad de sus contenidos o incluso su propio funcionamiento técnico.
De entrada, el primer error se da al no comprender y sopesar las diversas dimensiones de la obra audiovisual. A diferencia de un cuadro o una escultura, la obra audiovisual es un registro de imágenes, generalmente en movimiento, y sonido. Es decir, son unidades significantes emisoras de estímulos que apelan a la vista y al oído. Así pues, si uno de los factores, el visual o el sonoro, falla podemos decir que su ejecución es deficiente. Sacrificar uno de los componentes en beneficio del otro suele ser la solución más común. Siendo el sonido el que lleva generalmente todas las de perder.
La batalla de sonido ya está perdida desde el mismo momento en el que se inicia el desarrollo del diseño expográfico. Tenemos herramientas para definir un diseño pero es muy difícil explicar el componente sonoro cuando el soporte de explicación es meramente gráfico. Más o menos, todos estamos habituados a la lectura de un plano y en los planos es fácil exponer cuales son los elementos corpóreos que ocupan el espacio. Podemos conocer sus formas, dimensiones, escalas, texturas o colores. Incluso podemos representar cuales serán las sombras que proyecten. Pero lo que es más complejo y menos intuitivo es simular como será el sonido de esa obras. Ahora bien, de la misma forma que existen convencionalismos para representar las manchas de luz y sombra, mediante diagramas y curvas fotométricas de las luminarias también existen para representar las huellas acústicas de un emisor de sonido.
Porque el sonido ocupa espacio y deja su huella. La mera descripción de esta información en el plano ayudaría en numerosísimas ocasiones para minimizar los problemas de ruido, volumen y limpieza del sonido. Bien es cierto que para definir esta información es necesario que el diseñador posea unos conocimientos básicos sobre la naturaleza física del sonido, su transmisión y las cualidades acústicas de los materiales, además de la destreza suficiente para la utilización de los programas informáticos de simulación adecuados.
Probablemente con el paso del tiempo podremos dibujar planos inteligentes o visitas virtuales donde se perciban las huellas sonoras. Estas herramientas aún no existen y ayudarían en el futuro a planificar las exposiciones recogiendo todos los valores sensoriales necesarios para la compresión global del proyecto. Mientras tanto nos conformaríamos con que se comprendiera la obra audiovisual como una unidad compuesta de diversas facetas.
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