Lo malo

Justine Smith, Santísima Trinidad, 2007
Piden en Arteinformado que sus lectores escriban algo bueno y algo malo del arte español actual. Como parte de mis genes son carpetovetónicos y aquello del sentido trágico – y cenizo – de la vida me acompaña, me inclino por hablar primero de lo malo. Y como los tiempos que corren están marcados por la crisis – no podría ser de otro modo- y hablaré de la cosa de los dineros.
Generalmente cuando se habla de dinero y arte, se habla de la escasez de los presupuestos, de la falta de inversión, de la falta de coleccionistas, del IVA. En fin, de faltas y carencias. Pero pocas veces he odio hablar de la manera de gastar lo poco o mucho que haya.
El abanico de manirrotos es grande en número y tipologías. Por un lado están las vacas sagradas intocables. Son los directivos megalómanos que se funden los presupuestos de un trienio en medio año y los comisarios con caché para los que un presupuesto de gasto limitado es una puñeta inventada por los burócratas. Éstos, directivos y comisarios, actúan por la gloria y que nadie ose poner límites a su ambición. Al fin y al cabo, la fama es lo importante y la reputación lo de menos.
Luego están los otros; el grueso del pelotón, los seudogestores, los becarios que hacen de seudogestores y los artistas que parecen becarios haciendo de seudogestores. Ellos son los gregarios. En principio, actúan siguiendo instrucciones. ¿De quién? Pues de las vacas sagradas, con lo que ello conlleva. Pero el problema no radica cuando siguen órdenes. El problema surge cuando, digámoslo así, se trasvisten y los gestores hacen de artistas y los artistas hacen de gestores. Es ahí, cuando tiene lugar el mágico fenómeno de la gestión creativa. Que se nos ha olvidado meter a un artista en la exposición colectiva de turno, pues tiramos todos los catálogos y editamos otro. Que no nos hemos dado cuenta que después de la última reforma la sala tiene el techo más bajo, pues tiramos todas las lonas y pedimos otras nuevas. Que la semana tiene siete días y nos falta tiempo para el desmontaje de la exposición porque se nos olvidó programarla, pues hablamos con las Naciones Unidas e instauramos la jornada laboral de 168 horas semanales… Son tantos los ejemplos que conozco de primera mano que me produce vértigo el posible sumatorio de las cantidades gastadas para enmendar errores y negligencias.
Estas situaciones ya de por sí son graves pero más lo son con los tiempos que corren. El problema no es gastar más; el problema es gastar mejor.
Continuará.