Los Penetrados, Santiago Sierra.
El pasado martes la galeria Helgar de Alvear ha presentado en Madrid el trabajo de Santiago Sierra: Los penetrados. Obra que dará mucho de que hablar ya que refleja a un conjunto de hombres -blanco y negros- y mujeres- blancas y negras- siendo penetrados analmente en todas las combinaciones posibles, blancos penetrando a blancas, blancos penetrando a negras, negros penetrado a blancos, etc. Como no podía ser de otra manera, la mayor parte de los medios se han cebado con este trabajo focalizando el debate en el carácter pornográfico de la obra. Otros sí que han sido capaces de entrever la tensión racial del trabajo pero sin perder el hecho de que al fin y al cabo es gente que está dando por culo a otra gente. Ni el pixelado de las caras de los performers ocultando sus identidades, ni la cuidada disposición de los mismos en el escenario, ni la grabación en blanco y negro mitigando su carnalidad o la importancia del factor numérico ha sido suficiente para acallar los titulares simplistas.
Es cierto que cualquiera que sepa por primera vez del trabajo de Santiago Sierra puede ver en él a un airado alborotador que persigue la provocación por la provocación. De hecho, la popularidad ante el gran público le vino cuando seleccionado para representar a España en la Bienal de Venecia decidió impedir el paso al pabellón a todos aquellos que no portaran un DNI español.
En cambio, la trayectoria de Santiago Sierra es una de las carreras más sólidas del panorama artístico español ya desde sus comienzos en la época del primer Ojo Atómico. Fiel a una dialéctica esencial de medios ha sido capaz de construir todo un sistema riguroso y coherente. Sus códigos son simples y desnudos de cualquier artificio. Cuando exhibe 21 módulos de material fecal humana de 215 x 75 x 20 cm. son exactamente eso y nada más que eso. Su obsesión por dimensionar, medir, cuantificar va más allá de la seriación de raíz minimalista e industrial. Cuantificando, reduce o cosifica las acciones humanas convirtiéndolas en meros actos de intercambio económico. Él casi nunca invita al performer a participar en sus acciones; siempre remunera el acto, ya sea para masturbarse, escuchar la misa del gallo o dejarse tatuar. Ésta es una de las claves políticas de su trabajo. Todo tiene un precio, todo se puede reducir a mercancía; incluso la vida humana. Pero eso, los medios no lo ven. Es más fácil quedarse con el titular de que es montón de gente dándose por culo.
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